viernes, 16 de octubre de 2009

Comienza el módulo Periodismo Policial y Judicial

¡Bienvenidos!
El periodista y abogado Roberto Méndez Herrera comienza este sábado 17 el tercer módulo del programa Experto en Periodismo que es fruto de un convenio entre la Universidad Tecnológica Privada de Santa Cruz (UTEPSA) y el Banco Mercantil Santa Cruz.

Los módulos de Periodismo Económico, a cargo de Karina Vargas y Javier Medrano, y el de Periodismo Político, a cargo de Maggy Talavera, se han desarrollado con normalidad y con un excelente nivel de aprovechamiento. Los trabajos prácticos pendientes de estos módulos serán aceptados con un 50% de la nota.

Aprovechemos desde este sábado, durante cuatro semanas, todo lo que este experimentado periodista, abogado, docente universitario, y autor del libro Pena de Muerte tiene para compartir con nosotros.

Proponemos como insumo para el debate inicial la lectura del reportaje de Darynka Sánchez, Sergio de la Zerda y Santiago Espinoza,publicado en una separata en el diario cochabambino Opinión. Es un caso que tiene dividida a la opinión pública en Cochabamba
El título, ya es sugestivo: Sangre por Sangre. (Aunque ojo por ojo no hubiera quedado mal, ya que el primer balazo fue en el ojo de un joven abogado)

http://www.opinion.com.bo/Portal.html?CodGru=4&CodSec=18

La muerte a la vuelta de la esquina

El joven abogado Alex Arteaga Cárdenas baja las escaleras de su oficina, silbando la pegajosa melodía de una canción de los Caporales de San Simón. Imagina algunos pasos y los ensaya. Su colega y amigo, Alejandro Polo, va detrás de él, sonriendo. La vitalidad y la alegría de Alex son contagiosas, a pesar de que noche antes salieron juntos a una reunión social y durmieron muy poco.

El aire cálido de marzo los recibe afuera, en la calle España entre México y Mayor Rocha. “Quiero un pique macho del Kantuta”, se antoja Alex. Son las 4 de la tarde y el hambre ronroneaba en los estómagos. Trabajaron de corrido y tienen una cita laboral media hora más tarde.

Con su habitual buen humor, Alex Arteaga engulle unos pedazos de tomates, de locotos, papas fritas, unas rodajas de chorizo y las suaves carnes de res asadas y cortadas en cubos. Es uno de sus platos preferidos y acostumbra a pedirlo en ese restaurante de El Prado, donde se lo sirven “con bastante jugo”.

Con el hambre saciada, los dos abogados caminan por El Prado hasta el edificio Colón, para visitar a un amigo que le había pedido asesoría legal a Alex, para elaborar el acta de constitución de una Escuela de Modelos en Cochabamba. La secretaria les explica que tuvo que salir de urgencia y la reunión tiene que ser pospuesta.

Alejandro Polo mira el reloj. Ya son las cinco menos diez, hay que hacer ejercicio para que el pique “baje”. Caminan juntos hasta la esquina de las calles 25 de Mayo y México. Alejandro está cansado, pero debe hacer unas gestiones en la oficina de Tránsito y le pide a Arteaga que lo acompañe. Su jefe se niega. Todavía tiene mucho trabajo en la oficina.

La melodía caporal vuelve a la mente y a los labios de Alex Arteaga, mientras se despide de Alejandro y sigue su camino, solo, por la calle México. Esa canción la coreó tanto en la entrada del carnaval de Oruro, hace unas semanas, que no sale de su cabeza. La resolana está fuerte, se pone unos lentes Leman oscuros con montura dorada, para protegerse del sol.

La trasnochada se siente en el cuerpo. Ya es viernes y no iba a aguantar el terno y la corbata, agradeció haber optado en la mañana por un jean azul-celeste, unos cómodos zapatos marrones y una camisa color palo de rosa a rayas.

Camina por la calle México una cuadra, hasta doblar en la esquina por la izquierda, avanza por la calle España, hacia la Mayor Rocha. Avanza por la acera Este unos cuarenta metros y faltan unos diez más para cruzar la vía y entrar a su oficina, cuando escucha un efusivo saludo “¡Fiera! ¿Cómo es hermano?”.
La voz había salido del asiento trasero de una vagoneta Gran Vitara gris metálico. Alex se detiene y gira el cuerpo para ver a quien le hablaba, pues la vagoneta avanzaba hacia la calle México y él iba en sentido contrario. Lo reconoce de inmediato. Es Osvaldo Mejía Salvatierra, un amigo beniano con el que compartió el colegio y su afición por el fútbol en San Joaquín, cuando su padre, el coronel de Ejército Jorge Arteaga, fue destinado allí por dos años.

Siempre extrovertido y amable, Alex sonríe y responde “¡Cómo es hermano!” y levanta la mano que quedaba libre; en la otra lleva un folder con la inscripción del estudio Jurídico Gutiérrez Sanz y Asociados, con documentos de un contrato de provisión de carburantes de una empresa a otra.
La joven que conducía el Gran Vitara, Valeria Daza Salvatierra, la prima hermana de Osvaldo, también lo mira y le hace un ademán con la mano, pero en el hombre que estaba con ella, a su lado, su semblante no es amigable.

Los ojos grandes y oscuros de Alex, cubiertos por los espejuelos, reparan en la mirada gélida de ese hombre robusto que extiende su brazo derecho hacia él, sosteniendo una pistola automática plateada y de cacha negra. ¿Es una broma?. El proyectil calibre 22 largo sale, roza el techo de un automóvil parqueado delante suyo, se eleva apenas dos grados, y va directo hacia su rostro. El vidrio del lente derecho se hace añicos y los fragmentos se desperdigan en el piso mientras Alex da unos pasos en semicírculo, soltando sus papeles e intentando contener la sangre. “¡Mi ojo, mi ojo!”, grita atemorizado.
En segundos, intenta dirigirse hacia las tiendas comerciales, en busca de ayuda, pero la sangre sale a borbotones y todo da vueltas a su alrededor. Sus pensamientos son lentos y sus pies no le obedecen, la bala había perforado su cerebro sin piedad. Anda en zig zag tres pasos hacia la calzada y hacia la calle Mayor Rocha. Quiere ir a su oficina. El reguero de sangre alcanza la parte trasera de un trufi. Luego siente que su cuerpo está pesado y cae, con sus 1,73 metros de estatura, sobre la acera Este de la España, cerca del pretil.

El hombre que lo saludó desde la vagoneta, Osvaldo Mejía, se vuelve para ver atrás y grita ¡acelera!. Jorge Guzmán guarda el arma entre sus piernas y repite la misma palabra. Valeria Daza le jala el brazo y nerviosa, enfila por la calle México, hacia la Baptista y se pierde de vista.

Los gritos de los testigos, las voces de asombro, la melodía caporal y los rostros de su familia, comienzan a diluirse para siempre en el cerebro de Alex Arteaga, junto a la imagen de ese hombre de ojos claros y burlones, que no dudó en dispararle y huir.
Treinta meses después. Jueves. De nuevo en una acera Este del centro de la ciudad y otra vez las 5 de la tarde. El hombre de los ojos claros sale del edificio de los tribunales, lo acompaña una mujer algo mayor. Caminan calle arriba. Él saborea una vez más la victoria de la libertad y la satisfacción de haberse burlado de aquel coronel al que considera su enemigo.

Dos cuadras después, alguien le toca el hombro, se vuelve y se encuentra con un rostro muy conocido, ahora amargado hasta la desesperación. Los primeros balazos lo derriban y ya sobre el pavimento de la avenida San Martín, casi Bolívar, siente más disparos que muerden su carne, hasta que casi pierde el sentido, ya no sabe que fueron ocho.

De lejos, oye al coronel Arteaga gritar “¡tú mataste a mi hijo!”, como entre sueños ve sus extraños movimientos alrededor de su cuerpo, que algunos interpretan como una baile ritual y, otros, más escépticos, ven en ellos convulsiones del nerviosismo de un hombre que ha matado por primera vez.
Jorge Guzmán ya no ve a Jorge Arteaga cuando es aprehendido por un policía del banco más cercano. Ya no escucha su frases cargadas de dolor y frustración, ni su cara desencajada, como si estuviera loco.
Jorge Guzmán ya no ve, ya no escucha y no lo hará nunca más, porque unos minutos después, su muerte es confirmada en el hospital Viedma. Sangre por sangre, el crimen de Alex halla castigo, pero el castigo da a luz otro crimen que lleva nombre y apellido.


En la casa de los Arteaga, ya no hay música ni risas

En la casa de la familia Arteaga ya no se oye más la música. Ha sido desterrada desde el 9 de marzo de 2007, cuando el hijo menor fue asesinado de la forma más brusca, violenta y absurda que alguien pueda imaginar.

Carmen Cárdenas de Arteaga estaba en La Paz, cuando su hijo Alex era baleado. Una vez al mes iba a visitar a su hija mayor, Paola, que trabajaba como presentadora en un canal de televisión nacional. Fue Paola quien recibió la noticia de que Alex estaba en terapia Intensiva y en coma profundo por un disparo en la cabeza. Desesperadas, madre e hija llegan el mismo 9 de marzo a las 7 y media a Cochabamba.

Aunque los médicos no les daban ninguna esperanza, Carmen recorría de rodillas el hospital llorando, rezando y esperando un milagro, pero Alex ya tenía muerte cerebral. El padre, Jorge Arteaga, coronel retirado, también lloraba sin consuelo, abrazado a su hija. Los recuerdos de la jovialidad y la ternura de Alex, lo atormentaban al verlo inmóvil, ajeno, frágil y conectado a diversos equipos.

Afuera de la clínica, decenas de amigos de Alex hacían vigilia de oración y encendían velas en el sitio donde cayó el abogado de 26 años en la calle España.

El 10 de marzo del 2007, la Policía aprehendió a Jorge Guzmán Carvalho y a Valeria Daza Salvatierra, gracias a que una testigo que iba en otro vehículo detrás del Suzuki Gran Vitara, anotó un día antes la placa 1608 FAE y una cámara del “Ojo Vivo” de la Prefectura, permite el hallazgo de la vagoneta en un garaje de, barrio de la Muyurina, a unos tres kilómetros del sitio del crimen.

Los familiares y amigos de Alex organizabann marchas, clamando justicia. Las autoridades prometían transparencia. Alex Arteaga nunca salió del coma y su corazón dejó de latir el 16 de marzo.

La desesperación de la familia Arteaga se traduce en formas diferentes. Deprimida, Carmen Cárdenas pierde hasta las ganas de comer y levantarse de cama, se siente incapaz de controlar el llanto, se desmaya en las audiencias judiciales y se recluye en su casa, intentando lidiar con su dolor. Es imposible. Al levantarse en las mañanas extraña a Alex poniendo su música a gran volumen, mientras entraba a la ducha.

Lo extraña porque Alex acostumbraba a acercarse a ella, a cualquier hora, para abrazarla y besarla, tomarle de las mejollas con ternura y decirle “mi mamuchita”. Lo extraña porque él nunca estaba de mal humor y se tenían tal confianza que se contaban todo, como dos confidentes de colegio.
Lo extraña, porque era su hijo y lo tuvo en su vientre, porque lo cuidó mientras crecía o cuando estuvo enfermo, porque lo consoló cuando sufría y festejó con él sus victorias. Lo extraña cada 7 de diciembre porque esa es la fecha del cumpleaños de Alex y él la hizo inmensamente feliz en los 26 años que estuvo a su lado.

En su casa de Pacata, lo único que queda de Alex son decenas de fotografías y su perro Timothy, el fiel cocker spaniel marrón, que se sabe amado y duerme sobre el sofá del living que llena de pelos sin que nadie lo regañe. Cuando Carmen llora, Timothy corre a consolarla poniéndole una pata sobre su regazo.
Paola Arteaga trata de refugiarse en el trabajo y siente que el 9 de marzo de 2007 le arrebataron la mitad de su vida, porque como hermanos, eran entrañables. Ella siempre llamaba a Alex “hermanito” y él también adoraba a Paola.

No sólo compartían fiestas y travesuras, se apoyaban en todo, permanecían unidos en tiempos de llanto y de tristeza. Hace poco más de un mes, a fines de septiembre, Paola dio a luz a una preciosa niña de ojos grandes que llamará Alexandra en honor al tío que nunca conocerá.


La tristeza del coronel

El coronel Jorge Arteaga canalizaba su dolor volcándose a los tribunales, a la Policía y a la Fiscalía, en busca de justicia para el crimen de su hijo. En su casa ya no se comunicaban como antes. Cada uno lloraba solo para no preocupar a los demás. El coronel sólo pensaba en memoriales, timbres, audiencias, abogados, fiscales y jueces.

Llegaba a casa para revisar una y mil veces las declaraciones de los testigos e involucrados en la muerte de su hijo, tratando de descubrir contradicciones o algún indicio que le ayudara a entender por qué lo mataron. Los trajines con los investigadores, en la Fiscalía y en el Juzgado, eran su diario vivir, los que evitaban que el dolor lo aplastara.

El coronel se convirtió en un personaje en el barrio de los Tribunales. Su presencia cotidiana permitió que la gente se diera cuenta de su persistencia, de su necesidad de que alguien medie entre él y el asesino de su hijo, para sancionar al culpable que quizás paliaría el enorme vacío que tiene en su corazón. Las comerciantes del pasaje Aldunate, saben de su historia y se enternecen porque las lágrimas rodaban imparables por su rostro estragado, cuando habla de Alex.

“Cuando pasé a la reserva activa, mi Alex me sorprendió en la casa, me esperaba con un terno, una camisa, corbata y pantalón, con flores. El no quería que me deprima y me dijo papá, ahora eres abogado, ponte este traje para que puedas ayudar a la gente, yo seré tu maestro. Yo me reí y le dije ¿maestro de qué? si yo también soy abogado. Alex me respondió, pero de Derecho Civil no sabes un carajo, pero yo te ayudaré, papito. ¿Qué hijo hace eso por un padre?”. Esta es una faceta de Alex Arteaga que el coronel no cesa de contar a quien quiera escucharlo.

El coronel recorría los pasillos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen tantas veces, que no existe un investigador o un jefe que no conozca su caso y su pesar. Ni siquiera para la administradora del kiosko en la Felcc, doña Charo, la tristeza del coronel pasa desapercibida. “El coronel viene, se sienta en una silla a tomar un refresco, se apoya en el kiosko y llora por su hijo, yo he visto a mucha gente sufrir, pero nunca he visto llorar, ni siquiera a una madre, como llora este coronel por su hijo”, cuenta.


Una sentencia de homicidio pero con rebaja

El 24 de abril de 2008, sentenciaron a Jorge Guzmán Carvalho a 18 años de reclusión en El Abra. El hombre pasó 27 meses encerrado en San Sebastián sin que su sentencia haya sido ejecutoriada en la Corte Suprema de Sucre. La abogada tramita su libertad, pero el Tribunal de Sentencia 3 le niega las solicitudes apoyándose en una sentencia constitucional.

Rocío Peñaranda, inicia un proceso penal contra la jueza Sonia Zambrana, acusándola de prevaricato y de maltrato a su cliente en las audiencias, también procesa al perito en balística, a la testigo principal, por falso testimonio y omisión de socorro. La abogada arremete hasta contra la odontóloga que ella misma engañó para que firme un certificado de trabajo falso en favor de Jorge Guzmán.

La defensa de Arteaga intenta adelantar el sorteo de la causa, para evitar más dilaciones del proceso y que el proceso se extinga al cumplirse los tres años, sin contar con la sentencia ejecutoriada. La abogada de Guzmán, Rocío Peñaranda, se opone a este derecho.

Los vocales de la Sala Penal Segunda, ordenan al Tribunal de Sentencia 3 que le den libertad al homicida de Alex. Los jueces que lo condenaron, se ven obligados a cumplir esa orden superior y lo liberan a fines del mes de julio. Los vocales de la Sala Penal Tercera, le rebajan la condena a Jorge Guzmán de 18 a 10 años, con la excusa de que no tiene antecedentes penales.

Jorge Arteaga lleva adelante un proceso contra Guzmán y Peñaranda, por presentar un certificado de trabajo falso en al menos 8 audiencias. La abogada promueve varios incidentes para dejar sin efecto el legajo. En el proceso que inicia Peñaranda contra la odontóloga, la Fiscalía presenta una objeción de querella explicando que la abogada no puede ser querellante, víctima e imputada a la vez. La audiencia es fijada para las 3 de la tarde de jueves 1 de octubre.

Para ese mismo día, está fijada una audiencia de fundamentación oral, para anlizar si Jorge Guzmán fue imputado fuera del plazo. Jorge Arteaga y Jorge Guzmán participan de ambas audiencias. Según consta en acta, Guzmán se burla del coronel haciéndole una señal obscena con el dedo medio y una amenazante, debajo del cuello. Luego se ríe. Al coronel se le sube la sangre al cerebro. interrumpe la audiencia y denuncia los gestos de Guzmán a la jueza.

La segunda audiencia del fatídico 1 de octubre, termina a las 5 menos cuarto de la tarde. Los involucrados salen del salón en direcciones diferentes. Arteaga camina por los pasillos con su abogado y luego se separan, para que Arteaga baje a recoger un memorial de notificación .

Jorge Arteaga recoge el documento y sale fuera del Juzgado. Los ojos burlones y claros de Guzmán se topan de nuevo con los de Arteaga, cuando se descubren caminando por la avenida San Martín hacia su intersección con la Bolívar. Una vez más, según testigos, se repiten los gestos obscenos y de amenaza bajo el cuello.

La sangre hierve dentro del cuerpo del coronel. Está cansado de luchar por justicia. Treinta meses, cientos de memoriales, timbres y audiencias, no han servido de nada. Las autoridades llamadas a mediar en su problema, no pueden hacerlo porque tienen las manos atadas por las chicanas de los abogados.
El asesino de su hijo está libre. Y continúa riéndose de su dolor de padre.

Jorge Arteaga enloquece de rabia e impotencia, su presión sube, la sangre inunda su cerebro, saca su pistola 9 milímetros del maletín, donde la lleva siempre desde sufrió un atraco, y alcanza a Jorge Guzmán Carvallho. Le toca el hombro. Guzmán se vuelve y se encuentra con el rostro desencajado que llegó a conocer tan bien en estos dos años de litigio. ¡Tú mataste a mi hijo! grita desquiciado y luego comienza a disparar contra él sin parar, hasta dejarlo tendido en el suelo.


Álex Arteaga, lo único que no pudo planear fue su muerte

Alex Arteaga Cárdenas nació un 7 de diciembre de 1981. Desde pequeño, se destacó por su carácter afable, su excelente sentido del humor, su sonrisa franca y sus grandes ojos enmarcados por unas cejas gruesas y negras que eran el principal motivo de los halagos de las amigas de su madre.

La carrera militar de su padre, no fue un obstáculo para mantener unida a la familia. Alex y su hermana Paola crecieron viajando de un lado a otro, haciendo las maletas cada año y aprendieron que el estar juntos, no tiene precio. Alex entró al pre kinder a los 3 años y salió bachiller del colegio Anglo Americano de Oruro, un mes antes de cumplir los 16.

No le gustaba perder tiempo y desde muy joven tenía sus metas bien definidas. Estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Simón (UMSS). A los 21 años ya era abogado. Trabajó en bufetes reconocidos como el de Sánchez Berzaín, Salinas y Asociados, fue asesor legal de Bebidas S.A. e invitado a formar parte del Estudio Jurídico Gutiérrez Sanz, para encargarse de los asuntos laborales, civiles y administrativos.

Quienes lo conocieron profesionalmente, creen que Arteaga era un abogado con mucho futuro. A los 24 años, fue nombrado subdirector del bufete. Sus memoriales no tenían un solo error, era metódico y muy detallista. Le preocupaba mucho su futuro y el de sus seres queridos. Repensaba su profesión cada día, no quería ser un abogado del montón o mediocre, pero se exigía alcanzar todos sus logros, por méritos propios y sin dañar a nadie.

Alex era una persona a la que le gustaba ayudar a la gente y cuando se enteraba de alguna injusticia, se involucraba en el conflicto hasta lograr un trato equitativo. No le gustaban las cosas turbias. Y como amigo, tenía una cualidad que todos destacan, era un mediador. Si en el grupo surgían discusiones, él se ponía en medio, colocaba sus manos en los hombros de quienes se enfrentaban y pedía “No peleen amigos, por favor,” y lo decía de una manera tan convincente, que calmaba cualquier explosión emocional.

Le encantaban las fiestas y desde que era un adolescente, no se perdía ni una sola reunión con sus amigos. Como cualquier joven de su edad, bebía socialmente y se trasnochaba, especialmente con su grupo, Los Ulinchos, pero era muy responsable y no faltaba jamás a sus obligaciones laborales o familiares.

Tenía una agenda personal donde anotaba las fechas de cumpleaños de las decenas de amigos que tenía, para llamarlos y felicitarlos. En otra agenda laboral, anotaba sus citas y asuntos de trabajo.
Si veía a una persona afligida, la escuchaba y luego trataba de levantarle el ánimo. Sus amigos coinciden en que el secreto de la alegría de Alex, era el hermoso hogar que tenía. En la casa de los Arteaga se respiraba armonía, todo era risa, bromas, música y expresiones “excesivas” de cariño.

El viajar tanto por Bolivia, conociendo nuevas amistades, hizo de Alex un hombre extrovertido, jovial y muy popular. Era irresistible para las mujeres y lo sabía. Arteaga tuvo una relación de varios meses con una joven cuyo nombre guardamos en reserva, porque hoy tiene una pareja nueva. Carmen de Arteaga recuerda que la joven iba a su casa regularmente y que, hasta hoy, es muy apreciada por la familia.

Lo que muy pocos sabían (sólo sus amigos más cercanos) es que un mes y medio antes de morir, Alex terminó su relación y resolvió quitar una cartulina con fotos románticas de la pared de su cuarto, en señal de que la decisión de no retomar el noviazo, era seria y definitiva.

Coinciden en que la mujer que más amó, es una joven con la que estuvo más de dos años. La contactamos y ella pidió que su nombre no sea revelado. Anita (nombre ficticio) se emocionó hasta las lágrimas al hablar de Alex. Lo definió como un gran hombre, muy divertido, alegre, cariñoso, dulce, detallista y romántico. Tenía la capacidad de convertir las fechas de aniversarios, los cumpleaños e incluso los días comunes y corrientes, en “momentos mágicos”.

Las flores, los regalos, las cenas a la luz de las velas, las cartas tiernas, eran parte de su lenguaje. Si discutían, tenía una estrategia para no herirse y era no hablar sobre el problema mientras estuvieran ofuscados. Esperaba a tranquilizarse y recién conversaba. Decía que las palabras hirientes, salían de un corazón enojado y aunque uno pida perdón y se arrepienta, el daño está hecho.

A corto plazo, planeaba una especialización y soñaba con bailar en los caporales de San Simón, para el carnaval de Oruro 2008. En sus ratos libres, sus colegas lo recuerdan ensayando algunos pasos y silbando sus canciones preferidas en la oficina. Todos sus sueños fueron truncados por una bala que le perforó sus lentes y atravesó su cerebro hasta encajar en el cráneo, el 9 de marzo de 2007.


Jorge Guzmán: El “pesista” que
no soportó el peso de la muerte

Jorge Guzmán cumplió 26 años con la muerte pisándole los talones. La víspera de su cumpleaños, el 9 de marzo de 2007, disparó contra el abogado Álex Arteaga, también de 26 años, y le dejó agonizando una semana antes de que falleciera. No lo sabía aún, pero, con la bala que salió de su revólver e impactó en el párpado inferior derecho de su víctima, firmó también su propia sentencia de muerte. Fue a las 5 de la tarde.

Jorge Alberto Guzmán Calvalho había nacido un 10 de marzo de 1981, en la localidad de San Joaquín (provincia Mamoré del Beni). Vivió su infancia y adolescencia con sus padres y sus cuatro hermanos. La primaria la hizo en la escuela “Arturo Cuéllar” y la secundaria en el colegio “Cap. Horacio Vásquez”. Al salir del colegio, se trasladó a Cochabamba para estudiar Prótesis Dental.

Su hermano, Alfredo, dice que a Jorge era “un buen muchacho, tranquilo, divertido, amable”, que no solía tener “problemas con nadie”. Su madre, Teresa Calvalho de Guzmán, coincide con Alfredo, y asegura que siempre recordará a su desaparecido hijo “como el buen muchacho que toda su vida fue”. El que era considerado el mejor amigo de Jorge, Osvaldo Mejía, jugó un papel importante en su vida desde el momento en que se vino a Cochabamba. También oriundo de San Joaquín, Mejía dice haberse convertido en el “compañero de juegos y travesuras” de Jorge. Recuerda que él era una de las contadas personas que le llamaban por su apodo, “Hoby”.


Después del 9 de marzo

La vida de Guzmán dio un vuelco irreversible la tarde del 9 de marzo de 2009, cuando le disparó al abogado Alex Arteaga desde la vagoneta que conducía por la calle España su entonces novia, Valeria Daza, y en cuyo interior se hallaban otras tres personas, entre ellas Osvaldo Mejía. “El incidente con la familia Arteaga cambió mucho la vida y el carácter de ‘Hoby’, se hizo una persona callada, de mirada siempre agachada”, rememora Mejía, aunque sin dejar de aclarar que su trato con las personas se hizo más sincero y afectuoso.

Otro rasgo de su personalidad que se afianzó tras la tragedia de Álex Arteaga, fue su devoción religiosa. Su abogada, Rocío Peñaranda, indica que Guzmán era un hombre muy religioso, que encomendaba su suerte y la de sus semejantes a la sentencia divina. A su vez, Mejía relata: “Cuando le visité en el Penal de ‘San Sebastián’, después de lo sucedido con Alex Arteaga, vi cómo él rezaba por la recuperación de él, pedía a Dios que se lo lleve a él a cambio de Alex Arteaga,”.

Lo que tampoco cambió fue su gusto por las pesas. Era conocido por frecuentar más de un gimnasio de la ciudad, aunque al que más tiempo estuvo vinculado fue al “Heavy Metal”. Ahí solía ir para entrenarse de lunes a jueves entre las 8 y las 9 de las mañana, prestándole especial interés a las pesas y al fisicoculturismo. Su porte atlético (alto, de espalda ancha, musculoso) era reconocido por todos quienes le trataban. Incluso estando recluido en el penal de San Antonio, tuvo la iniciativa de montar un gimnasio para el recinto, en el que prestaba instrucción a los internos.

En la cárcel donde había sido recluido por la muerte de Arteaga también montó un laboratorio de Mecánica Dental, donde “trabajaba con un Cirujano Dentista y cobraba la mitad del precio”, precisa Mejía. Y es que Jorge creía que la única forma de seguir en Cochabamba era ganándose la vida mientras se hallara bajo medidas cautelares o purgara su condena. Por eso, nuca intentó escapar de la ciudad.
Sin embargo, nunca pudo cumplir su más caro anhelo: volar. “Su sueño era aprender a volar, ser piloto”, dice Iván Vidal, joven abogado involucrado en su defensa, con el que Guzmán tuvo una relación más cercana por su edad. “Pero, por cuestiones económicas, asumo yo, no inició el curso, además que le pedían requisitos, y algunos no los cumplía”, explica.


Mujeres, alcohol, droga y armas

Una faceta de Guzmán que nunca pudo dilucidarse por completo, fue la de su relación con las mujeres. La abogada Peñaranda afirma que su cliente tenía más de una novia, no siendo Valeria Daza la más firme de ellas.

Guzmán y Daza enamoraban desde junio de 2006. “Nuestra relación no era diaria, nos encontrábamos unas dos o tres veces por semana, yo iba a su cuarto y algunas veces íbamos a cenar”, explicó la mujer en sus declaraciones informativas a la Policía.

Antes del 9 de marzo de 2007, la última vez que se habían visto fue el 20 de febrero, Martes de Ch’alla de aquel año, cuando Daza fue a buscarlo para intentar resolver una pelea que habían sostenido el jueves de “Comadres”. “Jorge empezó a discutir del porqué estaba en la calle, y apareció mi hermana (Verónica), le dio un sopapo y le prohibió que se me acerque”, narró Daza.

La familia de Valeria no veía con buenos ojos su relación con Guzmán. De hecho, fue por su padre que se enteró que Jorge “consumía drogas, era muy borracho y mujeriego”. La hermana menor de Valeria, Vannesa, llegó a decir que “ese chico nos caía mal porque era un borracho y vagabundo, ya que no estudiaba ni trabajaba”, razón por la que “Jorge Guzmán, como enamorado de mi hermana, no llegaba a mi casa porque no era bien recibido”.

Su afición por las bebidas alcohólicas era también de conocimiento de sus amigos y personas allegadas, y él mismo llegó a reconocerla al momento de prestar declaraciones a la Policía. Precisó que salía tres a cuatro veces por semana con Osvaldo Mejía para emborracharse. “‘Hoby’, como cualquier persona joven, salía, se divertía y nunca pasaba más allá de eso, nunca estuvo metido en ninguna riña, pelea o discusión”, aclaró Mejía. Pero, a más de no buscar grescas, lo cierto es que a Jorge le gustaba beber con frecuencia y, eventualmente, consumir drogas.

Su relación con los estupefacientes fue confirmada por el propio Guzmán, al declarar haber consumido cocaína el 9 de marzo, mientras departía bebidas alcohólicas con sus amigos y novia en el local La Palmeras. No supo precisar la cantidad que consumió, pero sí que esnifaba coca cada vez que iba al baño del restaurante.

Pero, acaso, ningún factor en la vida de Jorge fue tan determinante para el desenlace fatal de Arteaga y del suyo propio, como su manía por las armas. Sus abogados y amigos dicen que esta afición no revelaba conducta agresiva alguna, y que se trataba apenas de una costumbre propia de la idiosincrasia del oriente del país, donde algunas gentes suelen disparar al aire en señal de júbilo.
Guzmán contaba con una autorización para portar un revólver calibre 22 largo, marca Tiver Extra (de industria argentina con serie 07709B), que había registrado en septiembre de 2006, aduciendo que sería para su seguridad personal. Quienes sabían de su gusto por las armas, recuerdan que su revolver lo guardaba en su espalda, debajo de su camisa.

“Hijo de puta, qué haces disparando de nuevo”, le gritó Osvaldo Mejía al caer en cuenta de que el estruendo que los arrebató la tarde del 9 de marzo había sido provocado por un disparo de Guzmán. Mejía explicó que le reprochó por disparar “de nuevo”, por “su costumbre era disparar al aire”, siendo que ya había hecho “un disparo en el mes de diciembre del año pasado (2006), cuando estábamos en movimiento en un taxi en la avenida Siles y no ocasionó ningún accidente”. Pero sí provocó un daño grave aquella fatídica tarde de marzo.

Y así como ocasionó la desaparición de Arteaga con un arma de fuego, Jorge Guzmán también se fue de este mundo el pasado 1º de octubre con el cuerpo maltrecho por el plomo. A él también le dispararon en plena vía pública, en inmediaciones de las calles San Martín y Bolívar. La diferencia es que a él le encajaron ocho proyectiles de un arma 9 mm.

Murió solo, tal como había llegado a Cochabamba. Apenas su abogada y algunos paramédicos intentaron salvarle la vida luego de ser acribillado por Jorge Arteaga. No tuvo oportunidad de despedirse de nadie. Sólo una vez en San Joaquín, Jorge pudo reunirse con los suyos, aunque ya sin vida, pagando la sentencia que había firmado la tarde del 9 de marzo de 2007. La sentencia que firmó a las 5 de la tarde y pagó a la misma hora dos años y medios después.


Valeria Daza, ¿el eslabón perdido?

Si bien fue sobreseída del caso Arteaga y actualmente se encuentra en libertad, se pueden contar por decenas las conjeturas acerca de la participación de Valeria María Daza Salvatierra en los trágicos sucesos del 9 de marzo del 2007.

Hasta horas antes del cierre de esta edición, los autores de este informe trataron por diferentes vías tener una entrevista con la joven, de piel morena y nacida en San Joaquín (Beni), el 16 de septiembre de 1983, y que durante el año del crimen era estudiante de Ingeniería Financiera de la Universidad Privada Boliviana.

El contacto con la también bachiller del Colegio Irlandés (Promoción 2001), se intentó lograr primero a través del que fue su abogado defensor, Luis Alberto Vargas. Éste dijo desconocer la residencia de Daza, pero ofreció el teléfono de una cabina del Beni donde se podría dar con ella. Marcado el número, nadie supo dar razón de la citada. Ante más llamadas, el jurista manifestó que era obvio que Valeria y su familia no querrían dar declaración alguna, pues ya por años eran objeto de hostigamiento, amenazas y persecución, agravadas ahora por los hechos recientes.

Se habló por vía cibernética a dos de sus tres hermanas, cuya única respuesta fue un silencio absoluto. Es justamente el nexo de una de las hermanas menores de Valeria, Vanessa, con Álex Arteaga, lo que más pie dio a las conjeturas.

En noviembre del 2006, Vanessa fue invitada por uno de los mejores amigos de Arteaga (AH), a una juerga en casa de éste. Allí, desde las 18 horas bebieron ron en compañía de amigos. “(Álex) empezó a entablar conversación conmigo. Me preguntó de dónde era y, cuando le avisé que era de San Joaquín, me dijo que conocía mi pueblo. En el curso de la conversación Álex Arteaga me besó, pero no nos arreglamos. Me pidió el teléfono de mi domicilio”, dijo la joven en una declaración informativa, luego del deceso de éste. A continuación del efímero encuentro amoroso, en las semanas siguientes vino una serie de llamadas de uno y otro lado para hacer citas no concretadas, hasta 15 días después: “Álex me llamó en horas de la tarde, me dijo que se encontraba en su oficina y me preguntó si quería ir a su casa a ver una película. Y yo acepté y le pedí que me recoja”. La “película” más una charla alrededor de fotos de San Joaquín en las que aparecía Arteaga con su amigo por entonces también infante, Osvaldo Mejía (primo de la invitada), se extendió hasta poco después de las cero horas del día siguiente. “No hubo relaciones con él esa noche”, aclara Vanessa. Quedó el compromiso de hacerse llamadas mutuas en Navidad, cosa que no fue posible pese a los intentos de la joven, quien telefoneó a Álex sin éxito desde el celular de Valeria (ésta, en teoría, no conocía al profesional), mencionándole a su hermana algo de su fugaz relación con el mismo. El tercer contacto se produjo entrado enero, cuando Arteaga llamó a la beniana, modelo de una agencia del ramo, para comunicarle que había visto unas “bonitas” fotos de ella en Internet. Nada más supieron uno del otro -Vanessa se había ido a su pueblo el 21 de febrero del 2007- hasta que la noticia del homicidio de Arteaga, el 9 de marzo, llegó hasta aquellas lejanías, desde donde la citaron para declarar.

Las palabras “en teoría” escritas más arriba no son gratuitas. El padre de Álex, el coronel Jorge Arteaga, asegura que, cuando él estaba destinado en San Joaquín (como oficial de Ejército y durante los años 1992 y 1993), Valeria y Álex tuvieron que haberse conocido y hasta participado juntos en juegos infantiles, debido a que compartían, sino la edad, el mismo colegio del reducido poblado oriental.
Incluso el coronel Arteaga se precia de haber conocido al padre de las jóvenes, Víctor Hugo Daza -“Era un buen hombre, me caía muy bien porque era honesto, no estaba metido en narcotráfico, tenía una hacienda grande, Barranquitas, y administraba cuatro ganados”-. Más aún, el militar se conduele con pesar por el fallecimiento del padre de familia este año, y da su versión sobre este respecto: “Lamento mucho que el 9 de mayo de 2009 la embarcación en la que viajaba Víctor Hugo Daza, el padre de Valeria, se hundió en un río del Beni y lo devoraron las pirañas. Él no merecía eso”.

Las especulaciones sobre el caso –en muchos casos versiones muy antojadizas- señalan que Jorge Guzmán, el novio ocasional de Valeria, habría estado celoso de una supuesta relación de ésta con Álex Arteaga, o que la hermana mayor habría decidido vengar un supuesto desprecio a su hermana menor, a través de su enamorado.

Lo cierto –y verdaderamente paradójico- es que, al menos en cuanto hace a obrados legales, las dos partes en disputa excluyeron a Valeria Daza como probable autora intelectual del crimen de Álex.
La defensa de Jorge Guzmán optó por separar el caso de su defendido del de Valeria (que como se sabe tenía además otro abogado), y se esforzó en desmentir tajantemente una relación de la joven con el asesinato. Los acusadores, por su lado, inicialmente trataron de imputar a Daza por el delito de encubrimiento (no auxilió a la víctima, se dio a la fuga y no dio parte a las autoridades por voluntad propia, algo que merecería una pena máxima de 2 años de cárcel), pero después tampoco hizo nada ante el sobreseimiento de la beniana, medida dictada el 4 de octubre de 2007.

Confirmando el cuadro de alejamiento, amigos y allegados de las familias niegan enfáticamente que Valeria y el fallecido pudieran haber tenido alguna relación sentimental.

La decisión judicial del sobreseimiento terminó por enterrar varios misterios, como el de qué hacía la futura ingeniera al día siguiente del homicidio en casa de Jorge Guzmán, intentando forzar la puerta de su cuarto con un desarmador; o si colaboró o no en la desaparición del arma disparada.

De ella se sabe adicionalmente que realizaba prácticas profesionales en la Terminal de Buses, trabajo que abandonó luego las amenazas y desprestigio sufrido por su persona y su familia, una campaña en su contra que se agravó considerablemente esta semana, especialmente en sitios anónimos de la red Facebook, que sin contemplación subieron las fotos de ella y su familia, imágenes que constantemente eran comentadas con insultos de grueso calibre, hasta este fin de semana cuando fueron sacadas de circulación.

Una de las últimas fotos colgadas en estos sitios muestra a una sonriente Daza y sus amigos, en la celebración carnavalera de San Joaquín, en febrero del año pasado.

FUENTE: http://www.opinion.com.bo/Portal.html?CodGru=4&CodSec=18

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